EL CORREO VASCO

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Los lugares más duros del mundo (Gustavo Duch Guillot)

02.01.08 -

Los lugares más duros del mundo (Gustavo Duch Guillot)

Un año más, al finalizar la estación de las lluvias, la familia de Arubu y otras

de la etnia Kerayou, en Etiopía, se disponían a iniciar el periplo hacia las

tierras verdes, donde sus rebaños de cabras pudieran pastar y beber. Como

ellos, hay 200 millones de pastores en el mundo que utilizan esta estrategia

para vivir en los lugares del planeta más difíciles, zonas de desierto, polvo y

viento.

Partieron hacia el Este, como hicieron cinco o seis años atrás, donde siempre

hubo áreas de pastoreo, pero la sequía parecía haber sido más fuerte de lo

habitual. Caminaron aún más lejos, pero todo seguía siendo árido, apenas unos

brotes insuficientes para el ganado. Arubu preguntó a los habitantes de la

región, que le explicaron cómo habían soportado varios años de muy poca lluvia.

En medio del paisaje desolado, un anciano de ojos claros, Turku, dijo que algo

pasaba con el clima, que estaba cambiando. Nunca hubo sequías como ésta, dijo

Turku, mirando al cielo.

Tuvieron que cambiar de rumbo, no tenían otra alternativa. Esta vez se

dirigirían hacia el Sur, tierras de sabana, con acacias y buenos pastos. La

tribu Kerayu siempre tuvo un gran tesón y, en fin, sólo era cuestión de un par

de semanas más caminando. Lamentablemente algunas cabras no soportaron la

travesía y el rebaño de Arubu empezó a diezmar. A pocos kilómetros de su

destino encontraron letreros que indicaban la creación de un parque natural.

Estaba prohibido el paso a los pastores y su ganado. El parque es refugio para

animales salvajes, pero sobre todo es un gran negocio para los touroperadores

internacionales. Las cabras flacas de Arubu desentonan con las fotos del safari.

Arubu se reunió con los cabeza de familia Kerayou para valorar la situación.

Debían tomar una nueva ruta, pese al esfuerzo que representaría para ellos y su

ganado. Los más viejos recordaban que más allá, rodeando el parque, había buenas

zonas de pasto. Las mujeres y los niños más pequeños se quedarían en el

campamento esperando el resultado del viaje. Ya era urgente encontrar comida y

agua y seguían muriendo los animales más frágiles. Así hicieron, pero después

de cinco días de camino unas vallas se interpusieron de nuevo. Protegían

enormes extensiones de caña de azúcar, un cultivo que nunca se había dado en esa

región. Arubu llegó hasta la aldea próxima para saber qué ocurría y la encontró

prácticamente despoblada. Sólo encontró dos niños que jugaban a canicas con

unas piedras y que le dijeron:

«Nuestro papá trabaja como vigilante en la plantación. Llegaron unos señores,

compraron todas las tierras y ahora sólo mi papá tiene trabajo. Los demás se

marcharon a la ciudad».

«¿Y qué planta es ésa?», preguntó Arubu. «Se llama caña de azúcar y hace el zumo

dulce que comen los coches de los blancos».

Gustavo Duch

Veterinarios sin Fronteras