Gustavo Duch Guillot *

Qué hacemos con los campesinos del mundo

Observando las realidades del mundo rural de nuestro planeta se puede llegar a una

conclusión repetida y válida: parece que no existe espacio ni futuro para las

pequeñas unidades familiares campesinas que alimentan directamente a más de la mitad

del mundo.

Mayoritariamente las políticas globales y las políticas locales han definido e

imponen, bajo los paradigmas neoliberales, un modelo de agricultura basado en

modelos intensivistas capaces de producir grandes cantidades de alimentos con muy

pocas manos participando en su siembra, cultivo, crianza, producción, etcétera,

orientados hacia los mercados internacionales, hacia la exportación, donde la

riqueza generada no revierte en el campesinado. El fenómeno de la aniquilación del

campo sabemos que no es nuevo y que en momentos históricos pudo ser asimilado. Como

en España, cuando en pleno desarrollo industrial existía una industria capaz de

absorber a muchos de estos agricultores sin futuro. Pero esta situación no es la que

se da actualmente en las naciones empobrecidas del sur con la mayoría de la

población viviendo en el campo. Cuando llegan a las ciudades sólo les esperan los

bolsones de pobreza.

Frente a estas posturas casi dogmáticas tenemos desde hace más de 10 años una

propuesta alternativa que enfoca la lucha contra la pobreza a partir de la defensa

de la agricultura familiar a pequeña escala, que se reconoce bajo la bandera de la

soberanía alimentaria. Soberanía en tanto que defiende el derecho de los pueblos a

poder definir sus directrices agrarias centradas en la defensa y promoción del

aparato productivo nacional (como decía una dominicana, "mientras un pueblo pasa

hambre no tiene lógica alguna exportar nada"). Y alimentaria, porque promueve una

producción agraria basada en modelos agroecológicos que se demuestra no sólo son los

únicos compatibles con el futuro de un planeta en crisis ambiental, sino también los

más saludables, los más eficientes en cuanto a producción de alimentos, y en los que

la riqueza se distribuye con verdadera justicia.

Para acercarnos a este nuevo paradigma hay que romper las reglas del juego que

funcionan en la actualidad bajo una lógica mercantil, que sólo son generadoras de

desigualdades, y abordar la temática desde el reconocimiento de un sistema de

derechos humanos y un conjunto de políticas activas. Frente a la privatización de

los bienes fundamentales para la producción de alimentos ha de prevalecer el derecho

al acceso a la tierra, al agua y a las semillas que harán posible otro derecho

humano vital: el derecho a la alimentación.

Hoy la tierra sigue distribuida en grandes latifundios que acaparan las mejores

áreas cultivables arrinconando a los pequeños campesinos a las laderas, a los

secarrales; el agua de riego es cada día un bien más escaso, pero no se renuncia a

usos ociosos de la misma; y la distribución de las semillas, elemento básico de toda

la cadena alimentaria, está concentrada en cinco monstruos empresariales.

Las políticas agrarias, forestales y pesqueras deberán enfocar muy lejos del actual

modelo de apoyo a las agroindustrias, para defender y promover la pequeña producción

campesina familiar y asegurar el control local de los procesos de transformación,

distribución y comercialización de los alimentos para que salgan reforzadas las

redes del mercado local y de temporada. Si no es así, seguirán repitiéndose crímenes

tan graves como la presencia en mercados de países del sur de muchos alimentos

importados, que por su economía de escala y las subvenciones que reciben, se sitúan

a precios muy ventajosos frente a los locales, dejando a campesinas y campesinos sin

oportunidades para comercializar sus productos. O la cada vez más presente fuerza de

las grandes cadenas de supermercados. También éstas con su política de

internacionalización y concentración se han hecho comunes en todos los países del

mundo. Para los consumidores los mismos supermercados con las mismas marcas, como en

casa. Para los productores agrícolas significa que disminuyen sus opciones de venta

y las hace muy difíciles. Las grandes superficies tienen unas exigencias de volumen,

regularidad, homogeneidad de los productos, y otras que de nuevo dejan fuera a las

pequeñas explotaciones campesinas. Sin ellas el mundo no tiene porvenir.

* Director de Veterinarios sin Fronteras

Gustavo Duch

Veterinarios sin Fronteras

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